Siseos
Aglanor



Él callaba, mientras ella acariciaba su rostro impasible. Ella le hablaba en susurros entrecortados por sus sollozos, mientras de fondo sonaba el interminable siseo. Ella tenía el corazón roto, y los ojos enrojecidos de tanto llorar, él sólo había derramado una lágrima, que se había quedado parada en su mejilla.

Ella se había ido, mucho tiempo atrás. En su corazón latía un deseo vehemente de libertad. Él le había esperado largo tiempo, pero ella estaba en otra parte, muy lejos de allí, y no tenía intención de volver. Él decidió buscarla, contra el consejo de todos que le alentaban a olvidarla. Era él tozudo, y se embarcó en la aventura de encontrar de nuevo a su amada.

Ella había cambiado, por supuesto. Aunque por dentro seguía siendo la misma niña de quien se enamoró, su aspecto era completamente diferente. En lejanas costas había topado con una nueva forma de vida. Ella tampoco le había olvidado, y se reconocieron en el mismo instante en que sus miradas se encontraron.

Ahora ella le hablaba, y él no le escuchaba. Ella lloraba, y sus lagrimas caían sobre el pecho de su primer y más querido amor. Ella le abrazaba y él no se inmutaba. Ella le cubría de besos, él, impertérrito.

Al final ella desistió. Seca de lágrimas, nada más podría hacer. Se volvió hacia su refugio, tras ella quedó su enamorado, quieto, petrificado en un gesto de sorpresa, la lágrima que había derramado petrificada también contra su mejilla. En el templo destartalado, mausoleo de estatuas que una vez fueron héroes, lo único que turbaba el silencio era el perpetuo siseo de las serpientes que ahora tenía por cabellos.

© Copyright 2002 Miguel Guzmán Miranda
Verbatim copying and distribution of this entire text is permitted in any medium, provided this notice is preserved.
Se permite la copia y distribución de este texto completo y sin alteraciones, siempre que se conserve esta nota.